La “historia” y la “ingeniería” parecen ser disciplinas que no suelen cruzarse con frecuencia. No es habitual que se las vincule. Sin embargo, la FIUBA cuenta con el Grupo de Arqueometalurgia, área dependiente del Departamento de Ingeniería Mecánica que desde su creación, allá por 2004, se encuentra involucrado en el estudio de materiales arqueológicos hallados en rincones de fuerte valor cultural para nuestro país como Vuelta de Obligado, el Campo de Batalla de La Verde y el Paraje Mariano Miró (La Pampa); o en proyectos arqueológicos de la talla del Chaschuil - Abaucan (Catamarca); el Parque Interjurisdiccional Marino - Costero Patagonia Austral (PIMCPA) y el Relevamiento del Patrimonio Cultural Subacuático de la Península de  Valdez y Puerto Madryn.

“Los metales, desde que se extraen de la naturaleza hasta que pasan por la industria y se llega a su uso y posterior descarte, sufren una serie de transformaciones que incluyen termoalteraciones, desgaste y corrosión, entre otros tantos factores, a los que la actividad humana no es ajena. Como son tantas las variables que intervienen en estos procesos, formamos un grupo interdisciplinario de trabajo donde confluyen los conocimientos ingenieriles en metalurgia con los conocimientos arqueológicos en lo que hace a los usos de las piezas que solemos analizar y que quizá fueron producidas hace 200, 300 y hasta 400 años”, explica el ingeniero químico Horacio De Rosa, director de este grupo de investigación, para quien los saberes relacionados con la arqueometalurgia son aplicables también en la actual producción industrial de metales con el objetivo de mitigar efectos corrosivos.   

El equipo de trabajo encabezado por De Rosa desarrolla sus tareas en el subsuelo de la sede de Av. Paseo Colón 850 y dispone del instrumental necesario para realizar ensayos metalográficos por microscopía óptica, pruebas mecánicas de dureza, tracción y compresión, y tratamientos térmicos de metales y ensayos de corrosión. Desde este espacio, vale recordar, se brinda además un asesoramiento a empresas que toman contacto con la FIUBA para realizar controles de calidad y análisis de fallas en el ámbito metalúrgico, a fin de dilucidar qué piezas podrían o deberían corregirse. Algo similar suele implementarse cuando desde un organismo judicial solicitan peritajes de distintos tenores.

En lo que respecta al financiamiento del Grupo de Arqueometalurgia, De Rosa remarca la importancia de los aportes procedentes de instituciones con las que se vinculan a través de acuerdos o convenios y que participan incluso en distintos proyectos de investigación. “También es vital la asistencia del CONICET a través de nuestro Instituto de Tecnologías y Ciencias de la Ingeniería (INTECIN), del cual formamos parte. Por otro lado, se obtienen algunos fondos por realización de actividades como cursos para personal externo y donaciones para la compra de equipamiento por parte de empresas privadas  a partir de proyectos particulares”, cuenta.

Consultado por el vínculo entre universidad, Estado y sector privado, comenta que “es muy importante el aporte que realizan las casas de estudio mediante la capacitación de profesionales para que se desempeñen en el mercado industrial. Considero que es positivo y medianamente bien logrado. Sin embargo, hay muchas falencias que tienen que ver con el estado de la educación en nuestro país y con las políticas de desarrollo industrial. Otra forma de vínculo que se debe considerar es la capacidad de respuesta hacia problemas de innovación científica y tecnológica. En ese aspecto, creo que no hay una orientación firme a pesar de que se observan intentos por fomentar una mayor participación de la universidad en este campo”, sintetiza De Rosa, que además de investigador, ejerce la docencia en el Departamento de Ingeniería Mecánica en asignaturas vinculadas al conocimiento de distintos materiales.

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