El empleo de residuos con alta disponibilidad en el país –como la cáscara de maní, los bagazos de caña de azúcar, la cáscara de palta, de nuez de pecán, el salvado de trigo y la cáscara de banana– es uno de los caminos a recorrer a la hora abordar el tratamiento de aguas. Esta alternativa cobró fuerza en enero de 2016, en el marco de la repentina aparición masiva de diferentes especies de plantas acuáticas que provocó todo un caos en la Ciudad de Buenos Aires y alrededores.

La presencia intempestiva de malezas alteró el suministro de agua potable debido a la obstrucción de las tomas de agua de plantas potabilizadoras e incluso generó inconvenientes con el suministro de energía. Las “responsables” de semejante estado de situación fueron reconocidas como: la Salvinia molesta, la Azolla pinnata, la Lemna minor, la Limnobium leavigatum y la Pistia estratiotes, cinco especies de macrófitas acuáticas flotantes que crecen en nuestro país y que se encuentran en el listado de la FAO (Food and Agriculture Organization) como especies indeseables.

Vale señalar que los principales efectos del crecimiento excesivo de plantas acuáticas consisten en la reducción del caudal de agua en los canales (por la restricción física y por el aumento de la resistencia friccional al caudal), lo que proporciona un hábitat de cría y alimentación para los vectores patógenos, y causa con frecuencia un aumento considerable de los costos de mantenimiento. En muchos casos, incluso, los costos de la eliminación de las malas hierbas pueden superar los beneficios de la agricultura de regadío. La proliferación de macrófitas acuáticas puede producir la pérdida de la biodiversidad por reducción de la producción de plancton, esto puede dar lugar a una mayor mortandad entre los peces pequeños, debido a los predadores. También genera el aumento de las tasas de evapotranspiración, lo que acelera el proceso de eutrofización de los cuerpos de agua.

Como si el cuadro descripto no fuera suficientemente crítico, es menester recordar que la muerte de estas plantas provoca una acumulación creciente de desechos en el fondo, con el incremento correspondiente de la demanda biológica de oxígeno. En centrales hidroeléctricas, el crecimiento descontrolado de las macrófitas causa problemas en las turbinas, lo que obliga a realizar frecuentes descargas por los vertederos para la salida de las plantas, generando desperdicio de agua y diminución de la producción eléctrica. Además pueden traer perjuicios económicos como la disminución de agua potable y de áreas de ocio e impidiendo la navegación. Por todo eso, estas plantas precisan ser controladas o retiradas de muchos ambientes acuáticos.

Dado este contexto, el reciclado y la reutilización de los grandes volúmenes de residuos como los detallados es un gran desafío. En el Laboratorio de Química y Sistemas Heterogéneos (LaQuíSiHe) de la FIUBA, desde hace varios años los investigadores se encuentran analizando y probando la versatilidad de estos residuos como adsorbentes de bajo costo para el tratamiento de aguas contaminadas. “Nuestro principal enfoque en este momento es la contaminación producida por la presencia de metales pesados. Ya que metales como el cobre, el plomo y el cromo, y metaloides como el arsénico son considerados un peligro para la salud pública y para el medioambiente, es importante evaluar las posibilidades de remoción tanto de cuerpos de aguas como de efluentes líquidos. Los metales tienen alta persistencia en el ambiente, por lo que su amenaza se multiplica dado que pueden bioacumularse en organismos de niveles tróficos inferiores y llegar a su biomagnificación. Esto tiene implicancia directa en el ecosistema y en la salud de poblaciones no expuestas directamente al agua contaminada. La contaminación de las aguas con metales pesados generalmente es antropogénica, aunque existen casos como el arsénico que es de origen geológico”, dice la Dra. Susana Boeykens, directora de este espacio de investigación.

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